Relato: Fábula de la Consciencia

Bryan Barona

Ahora, Consciencia se dirige hacia los humedales, a las afueras de la ciudad, por el lado sur. Tales extramuros se pueblan de una como bruma, una suerte de gasa palustre o de relente ficticio por ser más bien hibridación de terrenal smog y espíritu de lagunas; trililí-tralalá silencioso de aves exóticas, corridas de las gélidas temperaturas atmosféricas del norte grande (allá, muy arriba, hacia donde condecora de un gruesísimo grueso financiero el emporio de Mr. Dios y el dólar). Y, por el contrario sin un  mísero sol en los bolsillos (común y circular incandescencia opaquísima de aleación inescrutable aunque identitariamente sudaca a todo orgullo, henchida de perucha pues), Consciencia camina —feliz— entre ese terral revuelto y vuelto la avenida de la entrada rumbo a los pantanos hará seis o siete meses; una escarpado-calle antes urbana y vehicular hecho atolladero entonces de montacargas, mototaxis desvencijadas sus fierros y sus telas de plástico, camiones prófugos —en el antepenúltimo o último furor y padecimiento de sus motores— a marcha íntegra encima de la grava y el lodazal ruta a cinco, diez minutos la carretera principal (cual si fuese una arteria desenvainada y chisporroteante de probabilidades de morir-salvarse) y que continúe el señor Progreso, caray. Consciencia, en auténtico estado de trance de su alegría inaudita, de caer en la cuenta de que al fin y al cabo yace a un paso del reducto apacible u oasis de las tilapias y las lisas (especies no nativas, se reafirma todo sabihondo aunque muy modesto Consciencia, pero especies del ecosistema villapantanero como se quiera), da una suerte de volteretas entrecortadas y se procura maña de hacerle unas morisquetas al aire enturbiado pútrida y marronmente por doña Mano-del-Hombre; corcovea varios pasitos agitados —en el limbo de su gusto— a ritmo frenético de puro triunfo, de puro pláceme, de puro ya-llegué-ya-llegué-amiga-Humedales.

Consciencia —que, por costumbre, es harto joven y archilozano y nunca se avejenta como fuese a pesar de las conjuras canallescas y vilipendiosas del inefable tándem Tiempo e Historia— observará, ahora, el iniciático rasante vuelo despegue de una gaviota de Franklin (aunque, a decir verdad, ignorará si esta va-para-allá o si esta viene-por-aquí). En la silente satisfacción de contemplar el desenrollarse de sus alones intercontinentales, plumífera esencia errante que a los nubarrones cenizas y sin lluvias conquista, notará perderse dentro del horizonte a la susodicha (así, alto, bastante más alto y refundidos sus enigmas viajeros-oceánicos o trotamundos-de-la-charca-cieno en el sol redondo, crepuscular e intocable de la tarde). Haría así y asá con ambos de los costados de su forma, Consciencia, y, en un enésimo brinco de todos los brincos dados, echaría, y cómo no, también, también a volar.

Bryan Barona es campeón del torneo de improvisación «LuchaLibro» y autor del conjunto de relatos breves «Todas las estrellas del cielo están muertas».

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