Romance en la laguna Génesis

Visitaron Pantanos de Villa en el 2017. Cuatro años después, y luego de haber sobrevivido a una pandemia y un año de confinamiento, esta joven pareja de enamorados volvió al humedal para reflexionar sobre los beneficios de las áreas naturales en la salud mental. Ella es más que bipolar.

  • Por: Luis Francisco Palomino

Son tal para cual: ninguno es capaz de matar ni siquiera a un insecto. Eso dicen Carolina Díaz y Sebastián Aliaga de «Sobreviviendo en Pareja», un blog en el que se comparten consejos para tener una vida sentimental sana y que ahora, luego de cuatro años de su primera publicación, se involucrará también con el cuidado medioambiental.

El proyecto tuvo su génesis con una sesión fotográfica en Los Pantanos de Villa —en la laguna Génesis, por coincidencia—, cuando los Sobrevivientes estaban en busca de lugares recomendables para visitar de a dos, un tanto aburridos ya de elaborar rankings de las mejores sangucherías de Lima. Para ese momento, otra de las conclusiones de seis años de convivencia era que la rutina es enemiga de la diversión. Por eso, como dos mochileros enamorados comenzaron a viajar.

En esos tránsitos, fascinados por los colores vivos de paisajes nacionales como las Lomas de Lachay o de Lúcumo, se dieron cuenta de los privilegios del Perú en cuanto a biodiversidad: primer país con más especies de mariposas diurnas, el tercer país en aves y el sexto en reptiles.

Entonces se movilizaban por placer, pero en el 2020 se acercaron mucho más a la naturaleza por un motivo de fuerza mayor, la recesión económica, y eso cambió su perspectiva: bien dicen que es muy distinto estar de turista que habitar una ciudad y sus problemas.

Fue en el año pasado, en los meses en que todo se paralizó —menos el conteo ascendiente de víctimas del coronavirus—, cuando Carolina perdió su trabajo. Ya no había ingresos para pagar el alquiler de su departamento de Surquillo, y tuvo que mudarse con Sebastián a una zona agrícola de Lurín, a una casa del padre de él.

Durante sus paseos de reconocimiento por el lugar, encontraron casi en la esquina de su propia (y nueva) casa los llamados Humedales de Quilcay o Humedales de San Pedro. La alegría de tener un pulmón que soplara aire limpio hacia su ventana fue menos por el poco cuidado de la zona, y especialmente por unos voladores de parapente que asustaban a la fauna. Desde entonces, decidieron comprometerse con su cuidado. Carolina, que laboraba en un medio de comunicación, realizó un reportaje para destacar cómo los humedales ayudan a disminuir los efectos del cambio climático al ser unos excelentes captadores de carbono (que no es su única virtud como ecosistema).

Sebastián dice: «Nos duele que se puedan perder humedales como esos o Pantanos de Villa. No son solo verdor o un refugio de vida silvestre donde las aves migratorias descansan de su vuelo, sino que también son un espacio de relajación para los seres humanos».

Carolina, que es periodista y escribe una columna en el sitio web Salud con Lupa, en la cual habla de su diagnóstico de trastorno bipolar, está de acuerdo con su enamorado:

«La naturaleza es una terapia. Es relajante, opuesta a la tecnología o redes sociales donde todo pasa muy rápido, se vive en automático: no pensamos en lo que sentimos ni en lo que queremos. La naturaleza da tranquilidad. Puedes mirar a las plantas moverse con el viento, eso te calma y hace que te des cuenta de que vives el presente, ayuda a que te enfoques en algo en particular».

Y dicen que ‘pajarear’ es algo que disfrutan mucho. Una buena noticia para compartir con ellos y la comunidad de El Humedal: según la universidad de Cornell, Estados Unidos, que organiza anualmente la competencia de conteo de aves más importante del mundo, Pantanos de Villa es el mejor sitio de Lima para realizar el ‘birdwatching.

«Me descargué un PDF con las aves de Lima. Me gusta jugar con Sebastián a adivinar cuál es es cuál», cuenta Carolina antes de subir a un bote que la paseará junto a Sebastián por la laguna donde todo comenzó, rodeados de tortupilines, pollas de agua y zambullidores.

En el recorrido, esta pareja revela que se deleita tanto con la fauna de Pantanos de Villa como con las hormigas que se juntan ante restos de pan en su patio. «Nos encanta ver cómo interactúan entre ellas, cómo llevan la comida. Amo los insectos. No los matamos. Tenemos un sistema. Ponemos un vaso encima de las arañas, por ejemplo, y las sacamos al pasto», dice Carolina.

Al preguntarles por qué creen que han conectado así con otras especies, indican que en sus familias les inculcaron ese cariño. «Mi papá es biólogo, y por eso siempre he estado cercano a los libros e imágenes sobre la naturaleza», dice Sebastián.

Acabado el paseo en bote, él y ella caminan por un sendero desolado de los Pantanos. Entre los juncos aprovechan para quitarse las mascarillas por un rato y se sonríen como dos aves románticas en un entorno seguro para su amor. El secreto, aseguran, es la buena comunicación.

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