¿Ese cocodrilo existe?

Pantanos de Villa no solo es un paraíso para las aves, sino también un refugio de vida silvestre donde es posible encontrar especies inimaginables dentro de sus más de 200 hectáreas. Este texto es una aproximación al mito del reptil que vive en el humedal y que recientemente fue captado por una cámara fotográfica. Saque sus propias conclusiones.

  • Por: Bryan Barona

Cuando retornó al canal llamado Sangradero, al norte de la laguna Mayor, el animal seguía allí: la corroboración de una leyenda folclórica, o una certeza (reptiliana) antiquísima en el tiempo hasta aquel mediodía solo creíble en medio de rumores de residentes y visitantes de tal zona de Chorrillos; en la cenicienta y garuosa Lima de los 90.

De 1 m. 10 cm. promedio tendido al ras del fango, bajo los picudos penachos del junco y la totora, el hombre —junto a otros dos, idéntica y parejamente vestidos con una indumentaria verde guardabosque SERPAR de arriba abajo— intentaron acercarse otra vez a la criatura. Por la mañana, esta todavía continuaba siendo un mito inverificable con mil y un versiones de su origen: que si por un ciudadano selvático y fugitivo traficante de depredadores exóticos de la Amazonía; que si alguna vez a un artesano ambulante se le había escapado de entre sus esculturas domésticas sobre un triciclo esta particular mascota de viaje; que si un excéntrico y acaudalado empresario de cierto club aledaño se las ingeniara para adquirirlo (o comprar dos o tres de ellos) a modo de fiera-guachimán para resguardarse de los constantes robos a su establecimiento exclusivo de piscinas, juegos recreativos y hamacas…

Allí, con sus globosas botas de hule cual si fuese un ecosistémico pescador (y el walkie-talkie en un ojal de su cintura, la cámara de rollo Kodak sin servirle colgando de su nuca, la gorrita bien calzada en su cráneo), Carlos Bramón Berrocal —entonces de 38 años y 2 como operario del Departamento de Mantenimiento; hoy por hoy con 60 de edad y reconocido como el histórico pantanero del Humedal de Villa— pensó que aquellas situaciones de alto peligro, frente a una bestia devoradora-de-hombres-indiscretos, solo le ocurrían a los protagonistas de algunas pelis de Hollywood y que no acontecería a centímetros de su presencia mientras realizaba sus labores cotidianas de limpieza de restos de basura o desmonte ilegales y hierbajos marchitos de junco y totora (para ser precisos: una escena cinematográfica de mucha tensión donde nuestro héroe, de súbito, se ve confrontado al monstruo voraz de la historia, pero situados sino en los silvestres pagos chorrillanos del Perú ahora institucionalizados bajo ProhVilla y declaradas sus 263,27 hectáreas sitio RAMSAR para 2006).

Bramón Berrocal tocaría con la punta de algún ramaje el cuerpo del animal simplemente para constatar que nunca hubo riesgo posible: desde temprano, aquel bulto de lunares amarillentos en la panza y costroso lomo medio verduzco —dice él— yacía muerto. Sobre el lodo y crecidas salpicaduras de grama salada a los alrededores, el cadáver de un cocodrilo/caimán/[inserte-aquí-la-denominación-del-saurio-palustre-que-prefiera-su-fantasía-villapantanera].

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Era una tarde de 1998, imposible se hacía el acceso a reproducciones instantáneas de video en VHS y las fotos aún pasaban por un proceso químico no inmediato denominado “revelado” si querían ser vistas pero impresas en un papel especial, y muy lejos estábamos de existir en esta facilidad de exhibición automática y en simultáneo (virtual) que en días corrientes es para todos nosotros Facebook o Twitter o Instagram; además, el entonces Director Técnico del todavía no declarado refugio de vida biodiversa Pantanos de Villa —considerando sabe quién qué— demandaría a los trabajadores (es decir, exigiría en los pantaneros, con Carlos Bramón a la cabeza) deshacerse de los restos al día siguiente. El encargo fue cumplido, por ende, sin que se hallase modo de contrastar en la actualidad (2021, traspaso ya de un siglo nuevo) los testimonios y la verosimilitud de sus hechos con algún metraje aunque chispeado en “ruido blanco” ni imagen borroneada en sombras movedizas de un rollo fotográfico “reventado” por la luz.

Si de cuestión generacional se trata, y de recientes plataformas o soportes de difusión masiva hablamos, en YouTube (ese genial centennial con millones de amigos como millones de suscriptores en todo el mundo, a la inmediatez de un clic) la única prueba verificable de existencia de un compañero reptil de grande hocico y grande cola en los humedales databa de 2011 y era la siguiente: un chico —lentes de medida, polo blanco; una hoja bond puesta a manera tubular en una de sus manos, al mismo estilo de una varita que va dirigiendo un recital de oyentes— les cuenta a unos jóvenes visitantes al pie de la laguna Mayor respecto a un contrabandista de monos y demás especies amazónicas, y, tras una verdaderamente hollywoodense persecución policial, susodicho contrabandista libra uno (o dos o cuatro) caimanes a las aguas cenagosas de la laguna. El canal se llama XDavril.

Ahora, gracias a WhatsApp y algún ojo avispado en el lugar e instante correctos, se puede afirmar la aparición de fotos que corresponderían a este mítico personaje (acompañante oculto durante muchos años de lisas, tilapias y otros habitantes asimismo introducidos por mano del hombre al ecosistema de Pantanos). Pronto conoceremos más detalles o develaremos, pues, al fin el misterio.

1 comentario en “¿Ese cocodrilo existe?”

  1. Juan Carlos García Carreño

    Mi nombre es Juan Carlos García Carreño y mi familia y mi persona lo divisamos al rededor del año 2018 en verano en la laguna mayor por el lado de premio real, no pudimos captarlo en fotografías pero sí lo vimos.

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