Un concierto silencioso para las gaviotas de Franklin

Pantanos de Villa es un conocido paraíso por la flora y fauna que allí habita, pero también sirve de corredero para las aves venidas desde muy lejos que huyen de las temporadas de frío hacia el sur del mundo. El siguiente texto habla de una de las migraciones masivas más llamativas e imponentes de una de las especies más queridas por los visitantes de los Humedales, y de cómo se festejó con música —en silencio— su llegada.

  • Por: Bryan Barona

Imagina que mil aves surcan, por minuto, los cenicientos cielos de Lima, la antes o siempre dicha entre el ensayista Salazar Bondy y el poeta César Moro “la Horrible”.

Este gran éxodo —son alrededor de un millón de ellas— acontecerá en el distrito de Chorrillos; en específico, sobre los verdes dominios de picudos crespos de juncos y totoras de los humedales de Pantanos de Villa (los consabidos y populares Pantanos de toda la vida ruta Av. Defensores del Morro, prácticamente fugando por los extramuros sureños de la ciudad).

Este gran éxodo, además, coloreará el firmamento limeño de una blancura inaudita con los cuerpos de una colosal masa de gaviotas de Franklin desplazándose, en su búsqueda de climas cálidos y alimento, hacia la playa Marvilla (donde se ubica una laguna que constituye parte de las 263,27 hectáreas de este humedal, declarado sitio RAMSAR desde 2006 por ser un lugar rico en biodiversidad de flora y fauna).

Imagina —desde la misma vetusta y magullada, apocada en esa grisura de sus nubarrones urbe de Lima— que las gaviotas de Franklin —oriundas de diversas zonas de Norteamérica— emprenderán este tremendo viaje intracontinental hacia nuestro lado del hemisferio del Ecuador rehuyendo de las inclementes temperaturas frías de temporada que no permiten su supervivencia. Será un reto encontrar lugares para reposar y alimentarse en los más de 8000 km que recorren. Pantanos de Villa será probablemente el único refugio de vida que las acoja en esta travesía. Así que su conservación permitirá que, mañana más tarde —junto a nuestros hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y también los subsiguientes—, podamos alzar los ojos desde las costas del Pacífico hacia esa erráticamente llamada “bóveda celeste” pendiente encima de nuestras cabezas, y logremos continuar viendo el sobrevuelo de la esperanza en un mundo más ecoamigable, más limpio y más consciente en resguardar cuestiones de valiosísimo vínculo hombre-animal como la sostenibilidad ambiental y el desarrollo ecosistémico, dos pilares para hacer de la Tierra un mejor hábitat para todos.

Imagina —solo hacer el intento de pensar por uno o dos segundos, fuera del vaivén de tu dedo sobre el eterno scroll de Facebook— que no sería tan complicado abrazar en nuestra cotidianidad ya cibernética estos conceptos reales y palpables que a veces nos suenan como papel arrugado en pleno tímpano: “No contamines”, “No orines aquí”, “No ensucies los espacios públicos”, “Respeta el medioambiente”, etc. E imagina que, por consiguiente, la copiosa bandada de gaviotas de Franklin —si prestáramos atención a su llamado— pudiese llegar sin contratiempos a arribar en nuestro litoral, en torno a las aguas dulces puestas en la laguna de playa Marvilla, para descansar, comer y continuar su vuelo hacia la Patagonia, y no temerían de encontrarse con un territorio de la Naturaleza asolado por la polución y demás desmontes de basura y agentes nocivos por doquier (Lima, según un último estudio en el índice Air Quality Life Index —AQLI— para un informe de Políticas Energéticas de la Universidad de Chicago, es la ciudad latinoamericana con peor calidad en el oxígeno que respiran sus habitantes, por encima de Colombia, Brasil o Bolivia).

Felizmente, es posible contar con un organismo metropolitano como el de PROHVILLA, ente regulatorio de la causa benéfica-ecológica de estos cuerpos palustres (incluidos la laguna Génesis y la laguna Mayor), y que ampara a buen recaudo entre setiembre a las presentes fechas del verano entrante la visita de los nobles forasteros alados de nomenclatura científica leucophaeus pipixcan (rebautizados “…de Franklin” en homenaje al apellido del explorador ártico de nombre John). Y festeja su notoria y notable llegada con un magno evento de actividades múltiples para toda la familia: concurso de avistamiento (birdwatching), biclicleteada, tiro al blanco, yoga, artesanía, deportes varios, feria gastronómica y educativa, etc. Esta celebración por la vida y/o conservación animal se tituló Festival de las Aves. Y tuvo como culminación el 5 de diciembre, arrancadas las 02:30 p. m., un peculiar y pionero recital de tres DJ (Tayta Bird, Mikingo —Miki González— y ShuShupe) frente a las orillas del Pacífico chorrillano de Marvilla, localizada en los terrenos de la urbanización Brisas de Villa, comprendida en la jurisdicción preservada de la Zona de Reglamentación Especial (ZRE) para las especies silvestres. El primer concierto de tal tipo en un sitio RAMSAR en el planeta entero.

Durante aproximadamente tres horas, todos nosotros —100 personas— colocados unos audífonos bluetooth de envolvente sonido 8D (tecnología binaural para sentir la música dentro de la cabeza como “en otra dimensión espacial”); bailando, zapateando y brincando cumbias amazónicas/andinas y afrobeats en auténtico mutismo —por fuera— por completo opuesto al consabido bullicio en las fiestas electrónicas habituales bajo las cuatro paredes de cualquier discoteca: respetando así, de un modo sumamente llamativo y singular, al aire libre y en medio del soplo marino, el espacio tomado para el anidamiento de las gaviotas migrantes. Silent concert, le llaman (traducido al español: “concierto silencioso”) al concepto de este novedoso show cultural gestado para la ocasión por la productora cuzqueña Ombligo (modalidad de espectáculo, la del silent concert, que empieza a cobrar continuidad y se hace moda a raíz de la realidad pandémica COVID-19 2020-2021 y la posterior reactivación económica del país —con distanciamiento social mediante— respecto a convocatorias masivas de esta índole en espacios públicos).

Imagina que es probable.

Que fue.

Que será.

Que siempre podremos sumarnos a proteger nuestra gran morada circular cual puntito azul en el Universo a fin de convivir en paz y en armonía con el ecosistema del que somos uno solo.

Dj Tayta Bird  —místico apurimeño, nunca coincidente la similitud de los nombres en un atardecer festivo como el que nos convoca—  nos invitará desde la voz de su micrófono —desde su mediano escenario hecho a cuatro cañas revestidas de verdes ramos de totoras— a correr, a avanzar hacia el mar. Nos hundimos, junto a las gaviotas de Franklin sobrevolándonos protectoras (agradecidas), en un océano de felicidad sin fin.

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