Durmiendo en el Pantano

¿Pasarías una noche en un refugio de vida silvestre? Esta es la historia de un grupo de «pajareros» que participó de un campamento de observación de aves durante más de 24 horas en Los Pantanos de Villa.

  • Luis Francisco Palomino

El cielo estaba negro. En un silencio total se podía oír el lejano punto donde rompían las olas, incluso el viaje del viento, silbidos que mecían unas totoras que, por la tenue luz, parecían más grandes de lo que en realidad eran. A cada paso, la piel sentía el roce con la flora o con las telas de araña. Una sola linterna líder creaba sombras que se estiraban como gigantes entre la flora. Había que dar cada paso con cuidado para no pisar nada que tuviese la textura de una serpiente o de un arácnido gordo. Era parte de la aventura.

El reloj marcaba más de las doce y el grupo avanzaba sigilosamente, como lo había indicado el guía, para que el ruido humano no espantase a la Lechuza de los Campanarios que todos querían mirar, aunque sea por unos segundos en ese campamento de avistamiento de aves en Pantanos de Villa, el único refugio de vida silvestre de Lima.

Las diez carpas instaladas previamente habían quedado ya muy atrás, y los caminantes, todos con mascarillas y con los oídos muy atentos, se detuvieron por una orden del guía: «¡Alto! Sshhh».

El guía, que había percibido alguna pista, apagó su linterna y, para atraer a la lechuza —de treinta centímetros y alas que desplegadas triplican su tamaño—, imitó el sonido que hacen los cuyes silvestres. Todos los presentes evitaban moverse para no ahuyentar al animal. Comenzaron a respirar muy despacito, cerca de la laguna Mayor, el espejo de agua más grande de Lima, brillante escenario donde la Lechuza de los Campanarios deleitaría a su audiencia.

Foto de: Ruth Gutiérrez

Pero esta no se presentó. Que no haya garantía quizá sea lo que mantiene el apasionamiento de los «pajareros»: se insiste hasta cazar con los ojos a sus plumados cuerpos de deseo. En compensación, otras bandadas de aves aprovecharon el público para mostrarse espectaculares. «Eran especies comunes y solo se veían sus sombras, pero al romper en vuelo se veían majestuosas. Contemplarlas fue bonito y relajante», comenta Annel Odiego, joven que vivió la experiencia de acampar en Pantanos de Villa el viernes 8 de octubre, la víspera a la celebración mundial de la migración de las aves: October Big Day. 

Mientras el cielo se llenaba de figuras aladas, estrellas de carne y hueso, el guía de Pantanos de Villa las identificaba una a una por sus siluetas y transmitía sus saberes al grupo de acampantes. Luego los llevó a probar suerte por otro camino, lo cual fue sumamente emocionante para Annel debido a la oscuridad y al hecho de estar rodeada de vida silvestre. «No se sentían las casas de alrededor. Entre las totoras y las telarañas, yo me imaginaba que estaba en un safari», dice.

Acabado el recorrido, esa noche el impacto de la lluvia contra el plástico de las carpas fue como un arrullo para los pies y cabezas cansados por el trajín.

Para Annel, fue especial despertar a la mañana siguiente en medio de la naturaleza. Contemplar desde temprano, por ejemplo, el desplazamiento de las pollas de agua en la laguna Génesis. Además, compartir carpa, desayuno y el avistamiento hizo que se sintiera más cercana a su acompañante. «Relacionas la experiencia con el rostro de la persona con quien viviste eso», dice.

La proximidad entre los participantes produjo una sensación de comunidad medioambiental.

Solo entre el viernes 8 y el sábado 9 de octubre, más de 400 personas visitaron el humedal de Chorrillos. Como ya es costumbre, la Autoridad Municipal de Los Pantanos de Villa (PROHVILLA) trabajó para que todos fuesen una pieza importante del evento. Eso observó Annel:

«Me llamó la atención la participación de los sordomudos. Había una guía que se comunicaba en señas con ellos. Les explicaban cada movimiento que hacían las aves, todo muy bien. Se notaba en las caras de los sordomudos que se sentían incluidos en el recorrido, por así decirlo. He viajado mucho, pero nunca había visto este tipo de tour».

Uno de los objetivos de esta gestión de PROHVILLA es promover el contacto de todos los miembros de la sociedad con el humedal. Por ello, se han implementado rutas para silla de ruedas, hay un énfasis en actividades para niños y toda la familia y se ha capacitado al personal de servicio tanto como a los guías para atender todas las necesidades. Jornadas como la de este campamento no solo permiten el disfrute de la rica avifauna que hay en Lima, sino también la toma de conciencia sobre la inclusión de las personas con discapacidad en el rubro del turismo ecológico. Solo por eso ya es un turismo que vale por dos. ¡Cada ave cuenta y tú cuentas!

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