Testimonio

Luis Francisco Palomino

Como turista en España no me di cuenta de la rudeza con que los camareros sirven los vasos de cerveza, casi golpeando la mesa con enfado, ni me percaté de la extrañeza con que me miraban viejas y rubicundas cajeras de supermercado, nadie me calificó de “indígena” ni me sentí discriminado en la puerta de un bar universitario. Admito la posibilidad de que en las acciones descritas no haya habido mala intención contra este servidor, y que una “paranoia del migrante” sea la explicación a mi caso. Cierto es que ninguna de esas personas con las que me crucé en Madrid me hizo sentir “como en casa” durante los primeros días viviendo fuera de mi país como estudiante. No tenían por qué hacerlo tampoco: ni me conocían.

Estaba sensible. Era setiembre del 2021 y comenzaba a habitar un piso en la tercera planta del número 16 de la concurrida calle del Doctor Cortezo, cerca de la plaza Tirso de Molina. Compartía el espacio de tenues paredes amarillas con una venezolana en apuros económicos, un español votante de Podemos y un compatriota alcohólico y deudor. Pudo ser más horrible: supongamos, que el viejo y asfixiante ascensor fallara y que me quedara atrapado por horas o que de regreso tras las clases encontrara a un ruso ebrio en mi cama, como le pasó al antiguo huésped de esa habitación. Ciertamente, esa puerta no daba seguridad alguna. Lo tétrico del lugar ya se había anunciado en la primera noche que dormí allí, cuando fui a la cocina, pulsé el interruptor de la luz y tras un sonoro parpadeo se quemó la bombilla. De las sombras emergió la venezolana para presentarse y decirme que el recibo de los servicios del mes anterior era impagable y que fuera consciente de mis hábitos. En ese momento no sospechaba que esa mujer llegaría a contabilizar las veces que los inquilinos entramos al baño o que utilizamos la cocina.

Ni mi madre.

Con ese control, era un pesar ir a la cocina y se me fue el apetito. Con un cuchillo y a oscuras, tuve que abrir dos huecos extra en mi correa porque los pantalones se me caían. Lo más desolador no era la casa, sino que tampoco tenía otro sitio a donde ir: no conocía amigos ni tenía familiares en Madrid a los que visitar y estirar mis pies cómodamente en sus sofás. Mi consuelo diario era que en algún momento anochecería y que al dormir me olvidaría de todo por un rato. Solo que era imposible descansar: las persianas del dormitorio eran tan antiguas, casi chatarras, y no contenían ningún ruido del exterior. Mi cama parecía estar en medio de esa plaza donde unos afrodescendientes bebían hasta el amanecer escuchando reggaetón con un parlante. Alrededor había tres discotecas, el bohemio barrio de Lavapiés, la calle de Fuencarral, la afamada Puerta del Sol y una masa de turistas “Red Bull” que iba y venía, de arriba abajo incansablemente. De esa manera, solo pude hallar cierta tranquilidad en una banca en las afueras del Parque del Retiro, a donde, luego de veinte minutos andando, llegaba y me sentaba para leer y estudiar con el sonido de fondo de los automóviles que pasaban a gran velocidad por la pista de al lado. Ni mi padre ni mi madre habían estado fuera del Perú del mismo modo que yo, así que le escribí a un tío que vivía en los Estados Unidos, el único de los Palomino que había viajado solo a otro continente a sus 18 años. Su consejo fue: “Pide a Dios la sabiduría para que tu corazón escoja bien”. Mi corazón había elegido pésimamente el rincón en el cual asentarse, claro que con la prisa de empadronarme rápido para gestionar la toma de huellas de mi Tarjeta de Identidad como Extranjero y etc.

Me daba pereza y vergüenza acudir a una parroquia por sabiduría. Entonces recordé que mucho tiempo atrás, en los años sesenta del siglo pasado, mis abuelos dejaron sus pueblos y se mudaron a Lima, la bestia de un millón de cabezas. Era un tema poco tratado en los almuerzos de los domingos. Lo que sí puedo atestiguar es cómo se comportaron ellos en el llamado “éxodo venezolano”. Más o menos en el 2018, su edificio -donde yo también vivía- se pobló de familias que escapaban de la miseria ocasionada por Nicolás Maduro. Mis abuelos fueron hospitalarios con aquellos a las justas podían pagar su alquiler: les dieron colchones, frazadas y comida. Mi abuela, inclusive, les consiguió trabajo.

Un día, un chamo les tocó la puerta. Le preguntó a mi abuelo si podía ver en el televisor de su sala el nuevo episodio de su serie favorita, que se estrenaría ese domingo. Mi abuelo le dijo que no habría problema. Esa tarde, el televisor donde yo miraba conciertos en YouTube y que nunca había fallado, se apagó repentinamente durante la emisión de Game Of Thrones y dejó de obedecer a las órdenes de encendido del control remoto. Mi abuelo me llamó y confirmé lo que fue el fin de esa pantalla gigante. Al enterarme con detalles de lo ocurrido, monté en cólera, de forma silenciosa, pero colérica, al fin y al cabo.

Mi abuelo se mantuvo siempre sereno.

Atribulado en Madrid, asocié su reacción -o no reacción- a una benevolencia aprendida. A mis abuelos les había tocado vivir en esa capital que marginaba a los provincianos. Por su amable disposición con los recién llegados, sospechaba de un pasado difícil. Soy consciente de lo antojadizo de mi razonamiento y de la construcción de esta narrativa, sin embargo, puedo decir que quien es siempre bien tratado a donde sea que llegue, rara vez se dará cuenta de la importancia de ese recibimiento. La gratitud se adquiere a través de experiencias incómodas. Y se plasma en el deseo de cambiar esa realidad.

He hecho toda esta reflexión por la ironía de que en medio de toda mi crisis migratoria haya estado yo trabajando a distancia en un refugio de vida silvestre de Lima, Los Pantanos de Villa, un área natural protegida que anualmente recibe miles y miles de aves viajeras que vuelan por más de 8 mil kilómetros en sus desplazamientos intercontinentales.

En una ciudad que descuida sus espacios verdes, como la inhóspita Lima, es increíble que se mantenga vivo un humedal que alberga a más de 212 especies de aves residentes y que es alojamiento permanente de migrantes como las Gaviotas de Franklin. Pantanos de Villa es su parada segura. Encuentran alimentación, silencio y compañía. Un entorno agradable para reposar, recargar energías y tomar impulso hacia su próximo destino.

Hoy me pregunto cuánto habría cambiado mi proceso de adaptación a España si, en vez de meseros que me hablasen con aspereza, estos hubieran modulado su tono de voz al mío (he descubierto que en Madrid te atienden mejor mientras más los grites); o si, en vez de escudriñarme como a bicho raro, la cajera de Lidl hubiese sido risueña; o si, en vez de detenernos a mí y a mi amigo peruano para advertirnos que había que pagar el consumo por adelantado -algo que no había hecho con las personas que ingresaron antes que nosotros-, el vigilante de ese bar de Los Bajos de Argüelles nos hubiera franqueado la entrada con cortesía. O cuán distinta habría sido mi relación con esta ciudad si hubiera encontrado un equivalente humano a Los Pantanos de Villa. Para suerte mía, desde hace cuatro meses vivo en un vecindario en las afueras de Madrid. Lejos del ruido, se puede oír el canto de las aves a lo largo del día.

En esta mañana, de las últimas de febrero del 22, reafirmo mi compromiso de seguir aportando mi grano de arena por la conservación de Los Pantanos de Villa, pero también confieso que he adquirido una nueva sensibilidad respecto a todas las personas que llegan a vivir solas a un nuevo lugar. Espero haberme convertido en el anfitrión que me hubiera gustado conocer al establecerme acá. La soledad enseña.

Luis Francisco Palomino ha publicado el libro de relatos «Nadie nos extrañará» y es autor del proyecto web «COVIDMAN: La bitácora del escritor con coronavirus».

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