Testimonio: Todos somos aves de paso

Amparo Loayza

Siempre he ido y venido del Perú dos o tres veces al año. A raíz de la pandemia, me alejé mucho más de nuestra querida patria, justo en los momentos que más debía estar por acá. Fueron interminables esos dos años en que no pude regresar.

Esta vez que estuve de regreso, me quedé un buen tiempo en Lima. Me hospedé en la casa que me había acogido desde mi niñez. Estaba allí aún aquel jardín en la parte posterior de la casa. Era verano y notaba que en ese jardín venían pajaritos de distintas especies a diferentes horas, incluso había un par que se metía a la casa, ya que manteníamos la puerta que da al patio abierta.

Venían en busca de las pequeñas migajas de pan o granos de arroz que caían al piso, arriesgándose a quedar atrapados al chocar contra las ventanas del interior de la casa.

Fue entonces que pensé que si les creaba un pequeño hábitat afuera, en el jardín, no tendrían necesidad de entrar en la casa, arriesgándose por hambre, ya que eso les podía costar la vida.

 Observé el horario en que venían los pajaritos. Algunos lo hacían a las 6 a.m., otros a las 7 a.m., y otras, más grandes como las cuculíes, miraban desde el segundo piso para bajar apenas vieran un gesto de comida en el piso.

Les dejaba un plato con agua y migas de pan seco en la mañana.

Los pajaritos venían y tomaban su ducha en el plato con agua y después se perdían en el firmamento; otros comían y luego se animaban a bañarse y de igual forma se iban.

Para las 3 p.m. en la tarde, el agua ya se había acabado. Me imaginaba cuántos pajaritos habían venido y tomado un baño.

Sin embargo, estaban de llegada otras nuevas especies. Por eso cambiaba el agua y empezaba el segundo turno de aves.

Una vez pude observar al más difícil de todos: el colibrí. Parecía que tuviera sensores por todos lados porque siempre se daba cuenta cuando alguien lo observaba y se iba raudo.

Esa vez, mientras el colibrí se bañaba, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Jamás había experimentado ver un ave ser tan feliz, y no podía creer que estaba allí observando el momento por un minuto, inmóvil para no molestar.

Me puse a pensar en los Pantanos de Villa, el cual estaba a 15 cuadras de la casa. Me imaginaba a algunos de esos pajaritos pasando por el pantano también. ¿Cómo estarían los humedales? Un pequeño espacio para las aves en medio del caos de la ciudad.

Chorrillos está creciendo a pasos agigantados. La mayor parte de los jardines han sido reemplazados con departamentos para alquilar, todos buscan sobrevivir. Pero ¿quién piensa en aquellas aves a las que les hemos quitado algo de espacio? Ya no hay árboles como antes.

Y me sigue inquietando: ¿Dónde pondrán sus nidos las aves? Tal vez en los huecos de los ladrillos de casas a medio terminar, tal vez en los techos de estera de otras viviendas. ¿Dónde pueden esconderse en la noche sin que los veamos? Llegué a la conclusión de que yo también era un ave de paso. Me llenaba del amor y cariño de mi hogar. Pasaba momentos con mi familia gozando al máximo cada día y luego volvía a tierras lejanas a continuar con la vida.

Amparo Loayza es vecina de San Juan Bautista de Villa, en Chorrillos. Trabaja en Contabilidad y su pasión es el birdwatching: observar aves  y fotografiarlas.

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